Su largo abrigo le daban un aire un tanto ireal, parecía que no estuviera allí del todo, todo en él era negro, su pelo, su abrigo, sus gafas… todo, salvo su olor… hubiera pasado horas empapándome del olor que desprendía su abrigo.
Seguirle no resultó difícil, se notaban los nervios y las ganas de huir, aquello era una horrible encerrona y el transporte público no hacía nuestro reencuentro más cómodo, durante todo el camino sólo pensaba en qué hacíamos allí, mientras me dejaba guiar, en algún lugar, al aire libre nos esperaba el hostal.
La calle se llenó de gente, poco a poco la ciudad despertaba y el sol parecía implacable, el otoño, que entraría unas horas más tardes, llegaría en plena ola de calor, ahora yo portaba su abrigo y él mi maleta.
Callejuelas oscuras y sucias, miles de indigentes, putas sin dientes y las paredes negras del edificio que durante algunos días sería nuestro hogar… Pocas palabras en el ascensor y en el aire, todavía ese olor. Sólo una planta y al otro lado la puerta abierta y recepción.
-Una o dos camas?
- Dos
- Una?
- NO, no, dos… o tu quieres una???
- Dos camas por favor…
- Bien, seguidme…
Última puerta, dos camas, pequeña ventana al patio de luces, habitación número 9.
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