Archivar paraSeptiembre, 2007

Habitación nº 9

Su largo abrigo le daban un aire un tanto ireal, parecía que no estuviera allí del todo, todo en él era negro, su pelo, su abrigo, sus gafas… todo, salvo su olor… hubiera pasado horas empapándome del olor que desprendía su abrigo.

Seguirle no resultó difícil, se notaban los nervios y las ganas de huir, aquello era una horrible encerrona y el transporte público no hacía nuestro reencuentro más cómodo, durante todo el camino sólo pensaba en qué hacíamos allí, mientras me dejaba guiar, en algún lugar, al aire libre nos esperaba el hostal.

La calle se llenó de gente, poco a poco la ciudad despertaba y el sol parecía implacable, el otoño, que entraría unas horas más tardes, llegaría en plena ola de calor, ahora yo portaba su abrigo y él mi maleta.

Callejuelas oscuras y sucias, miles de indigentes, putas sin dientes y las paredes negras del edificio que durante algunos días sería nuestro hogar… Pocas palabras en el ascensor y en el aire, todavía ese olor. Sólo una planta y al otro lado la puerta abierta y recepción.

-Una o dos camas?

- Dos

- Una?

- NO, no, dos… o tu quieres una???

- Dos camas por favor…

- Bien, seguidme…

Última puerta, dos camas, pequeña ventana al patio de luces, habitación número 9.

El Hostal

Nervios en el baño mientras me quito los pantalones y dejo al descubierto mis piernas, sí, todo va bien, los pies me duelen horrores, pero mis piernas permanecen morenas, no sin motivo había usado el día anterior aquel autobronceador… frente al espejo un poco más de maquillaje, tengo que estar perfecta, al menos sólo durante las primeras horas, quiero que mi presencia sea como una bofetada, una vez que haya conseguido hacer temblar tus entrañas con mi apariencia todo será mucho más sencillo, siempre ha sido así, pisando fuerte, aparentando ser la mujer más bella que camine hoy a tu lado.

Parece que el día me sonríe, mi maleta sale rápido, es tan pequeña, una de las primeras, ahora llega lo difícil, atravesar la puerta que divide la realidad de aquello que tanto hemos imaginado. No estás, no me he puesto las gafas y no te veo, pánico, que no se note, sigue pisando fuerte, pisa fuerte sobre tus tacones, ahora lo esencial es salir del punto de mira… espera, ahí estás, un hombre, qué digo un hombre?, un chaval, un chico, algo asustado, de mirada tan triste que me duele mirarlo, sonríe y entonces sé que no me he equivocado, ya he pisado demasiado fuerte por hoy, ahora pueden temblarme las piernas, sé lo que piensas:

-”eres mucho más alta de lo que recordaba”,

-tranquilo, son los tacones…

Y empiezan los silencios incomodos, las risas nerviosas y el no saber muy bien qué pintamos los dos allí. Camino al Hostal