Archivar paraOctubre, 2007

Horas Muertas

De vez en cuando levanta la cabeza y observa a través de las grandes cristaleras. Es casi un acto reflejo. Un sonido, alguien que pasa por la calle o el simple aburrimiento, la sacan un instante de sus pensamientos volviéndola por una fracción de segundo a la realidad.

Hoy no se ha dado cuenta de que llovía, hasta que la calle estuvo completamente mojada. No era un gran diluvio, apenas si unas gotas, pero le pareció la excusa perfecta para tratar de comenzar una conversación con la persona que en aquellos momentos tenía más cerca. Sin embargo, algo tuvo que notar en su voz, tal vez las pocas ganas de hablar, pues la conversación terminó en forma de gruñido. Gruñido que podría ser sorpresa o tal vez, simplemente, una muestra de que el mensaje había sido captado, de todas maneras quizá fuera mejor así, la lluvia nunca ha sido un gran tema de conversación.

En la calle no pasa nada, el tiempo tampoco pasa, con la mirada fija en la pantalla, esperando que sea la hora, más una hora de más que desde hace ya tiempo ha acostumbrado a sumar. Así todo tarda menos, así puede imaginar, ¿qué haría una persona que vive una hora más allá? Se ha acostumbrado a pensar con una hora de menos en una hora de más. Ya falta menos, él duerme cuando aquí aún se está despierto y cuando su despertador suena, ella aún está durmiendo, sólo es una hora, sin embargo cuando lo recuerda, parece estar mucho más lejos.

Vuelve a levantar la vista, el gran edificio de enfrente que no permite pasar la luz, las sillas vacías y alguna revista de inmobiliarias… Viviendas, afortunadamente no tiene casa, se siente tan vagabunda con el corazón en un lugar y los pies en otro… sin saber demasiado bien dónde acabará todo esto… de momento, sabe, que la jornada terminará a la 1:30 y como siempre añadirá una hora más, pues, añadir y restar horas y días se ha convertido sin darse cuenta, en un gesto mecánico, como levantar la vista.

Alguien entra en la oficina de enfrente, es alguien gris, como las puertas y las rejas oxidadas, como la fachada del edificio, que alguien decidió pintar de ese color pues, de antemano, sabía, sería el color que finalmente tomaría la pared. Gris como las nubes y la escasa lluvia de hoy, como el humo de ese autobús que no puede ver, y es que desde esas grandes cristaleras, sólo puede ver aquello que no tiene color… no muy lejos alguien canta “I watch you when you sleep, even when you’re not there”

 

Una canción con nombre de mujer

Las lágrimas se enredaban, cálidas y juguetonas en sus largas pestañas… luego, cansadas caían pesadamente sobre sus mejillas en un silencio tan oscuro como mis pensamientos. Esa fue la última vez que la vi, después de abrazar por última vez a la mujer de mis sueños.

Cuando la conocí contaba con unos cuantos años menos y bastante atractivo de más, era una adolescente risueña de formas correctas y cabello hasta las caderas, caminaba con confianza a pesar de su estatura o quizá, gracias a ella. Siempre rodeada y admirada, pero nunca pareció darse cuenta. Cuando la conocí no era ni más guapa ni más fea que cualquiera, pero impactaba como ninguna. Lo más turbador no eran esos enormes ojos, sino la tristeza de las historias que éstos contaban. Lo que impresionaba de ella era sencillamente su presencia, la posibilidad de que realmente existiera; parecía estar por encima del bien y del mal, tan real como imaginaria, como el epicentro de un todo, de la pasión que despertaba y de la que parecía no ser consciente, estaba ahí y jamás nadie había podido tocarla. Cuando la conocí, yo apenas era nada…

Ahora que la he perdido con unos años de más que se han depositado de manera ingrata en su cuerpo, dejando marcas e imperfecciones. Años que han maltratado su rostro enmarcado con pétreas facciones, ahora que de su juventud sólo le queda el brillo de los ojos y esa risa cantarina capaz de espantar a los gorriones… ahora, apenas soy nada.

Para ella solo fui una sombra, que la acompañó siempre que quiso ser acompañada, yo veía la envidia en los ojos de los demás, sabía que me envidiaban, había ganado el corazón de una mujer cuya dulzura transmitía en forma de caricias. Me costó conseguirla, fue un trabajo difícil, pero no ingrato y al final, terminó cayendo entre mis brazos, y ahí la tuve, tan bella, tan frágil, como una figurita del más exquisito cristal, temiendo romperla, temiendo que algún día se diera cuenta de que era especial y sin más se fuera. Sí, quizá debí decirlo, pero no tuve fuerzas, quizá sólo necesitaba saber cuán especial era para mi, quizá sólo quería saber hasta que punto para mi era bella…

Y así se fue, se fue su pelo, su olor, su piel, todas esas marcas, todos sus complejos, ese cuerpo imperfecto, esos grandes ojos siempre dispuestos a sonreír. Un día sin más decidió que era suficiente, cerró la puerta dejando solo este dolor y la certeza de que no sería una más. Sería la que fue, fue mía, como nunca antes de otro, fue mía y ahora… ¿ahora qué?

El despertar

Despierto, no sé exactamente qué hora es, tampoco recuerdo dónde he dejado el móvil y no me atrevo a moverme para no despertarlo, además, en esta habitación todo es desconocido y aunque el alba empieza a colarse, curiosa, por la ventana, no se ve lo suficiente… ¿Por qué tendré esa estúpida costumbre de no usar reloj?, un reloj puede resultar necesario en ocasiones como esta. Recuerdo el último reloj que tuve, me lo regalaron cuando tenía 10 años, entonces el tiempo pasaba mucho más despacio, los veranos eran amables y apenas despuntaba en mi mirada estos signos de melancolía.

Lo miro, duerme. Durmiendo resulta tan frío, pienso que perfectamente pudiera estar muerto. Duerme y me asusta pensar que me olvide en sus sueños, no puedo controlarlos y sé, que ahora, soy tan ajena a él como esta habitación. Decido seguir contemplándolo, pero mejor dejo de hacerlo a través del miedo, todo es tan confuso, cuando duerme está tan lejos. De lado, con la cabeza apoyada sobre su mano derecha. Es zurdo, siempre me han gustado los zurdos, es lo primero en lo que me fijo al conocer a un hombre. De pronto deseo tanto meterme en la cama con él que el corazón se me encabrita, no es una posibilidad, es algo mucho más fuerte, me exige que vaya a su cama. Es allí donde he de estar, quizá, si estoy a su lado deje de parecerme tan frío. Sin embargo no lo hago, quizá él no quiera, es difícil saber qué quiere alguien que está soñando… cierro los ojos, pronto amanecerá.

Cuando vuelvo a abrirlos me parece que no ha pasado el tiempo, la misma luz que se cuela por la ventana, la misma postura, la misma indiferencia, sólo los ruidos que se oyen a través del patio de luces indican que algo ha cambiado… Me levanto, me coloco un poco el pijama, los pechos y me meto en su cama.

-Vaya, me has asustado.

-Lo siento, pero quería estar a tu lado.

No parece demasiado contento, quizá espero mucho de él, siempre he sido una romántica. Y ya que lo he despertado… ¿qué hacemos?

Me meto en la ducha, el pelo aún me huele a humo y antro, a gente, a alcohol a música y a pies cansados. Dejo que el agua corra por mi piel, se está bien en esta ducha, se está bien en esta habitación, sí, sencillamente, se está bien… Decido secarme el pelo, este pelo con voluntad propia que parece burlarse de mis intentos por meterlo a camino. No, yo nunca seré una de esas chicas con flequillo y melenas espectaculares, lo doy por imposible, lo aplasto un poco, me visto y salgo.

Mientras el se ducha yo husmeo un poco, abro el armario, y huelo su abrigo, me hundo en él para empaparme de su olor, para llevarlo siempre conmigo. Empieza a cantar, no es una gran voz, la canción tampoco es bonita, pero entonces hace algo que me deja clavada al suelo, silba, silba y lo hace maravillosamente. Silbar es una de esas cosas que no admiten término medio, o se silba bien,o se silba mal, no se puede silbar medianamente bien… Silba una canción melancólica, de uno de mis cantantes favoritos. Sí, parece que ya no queda más salida, es la canción adecuada… Al fin sale de la ducha sonriente, vuelve a estar vivo y quizá, despierto si piense en mí.

- Eres maravillosa – me dice

Vuelvo a sonreír, vaya, parece ser que definitivamente vas a romperme el corazón.

Nada especial

“Y el mundo se volvió triste para siempre”

Lo siento recorriendo mi piel, expandiéndose por mis venas, apoderándose de cada órgano, de cada músculo de cada célula. Explotando en forma de lágrimas y oprimiéndome con este nudo en la garganta. Está ahí, vigilante, siempre lo ha estado, está ahí susurrándome, paralizándome. Es el miedo, miedo que me hace sentir tan frágil e indefensa, miedo que sólo me da una opción: huir; irme, olvidar, huir alejarme ahora que puedo, huir, apostar por algo que nunca desee… me lo susurra al oído, “no hay más salida, aún puedes escapar”.

Está aquí como antes, como siempre, “no vayas”, “pídele que no venga”, “olvida”… “no funcionará”. De pronto mis ojos se abren enormes ante una realidad desgarradora, te has vuelto a ir de viaje, aunque no hayas salido de casa y yo me siento igual de desarraigada que entonces. ¿Qué puede hacerme creer que te quedarás conmigo?, ¿cómo estar segura de que vas a seguirme?, ¿por qué he de creer que conmigo será diferente?, ¿qué nos hace pensar que algún día no destrozaremos nuestros corazones como hemos destrozado otros para estar juntos? ¿Por qué imaginar que te merezco?… Has amado tanto, y yo me siento tan pequeña, en mi pequeña isla. Tengo miedo, tengo miedo a esos ojos que parecen haberlo visto todo y no sorprenderse por nada, tengo miedo de descubrir cosas que tu ya conocías, tengo miedo de no ser especial, tengo miedo de no ser suficiente, no soy suficiente, jamás podré serlo, me aterra ser, simplemente, un relato más. No hay motivos para que decidas quedarte a mi lado porque siempre puedes estar equivocado, tu lo sabes, tu que tanto has besado, tu que tanto has herido…

 

Marea Humana

La calle tiembla bajo nuestros pies, por todas partes aparecen ríos de gente, gente que va y viene, gente de todo tipo, todo tipo de gente.

Allí nosotros, tan pequeños, temiendo cualquier tipo de roce, pues aún no sabemos si rozarnos está permitido. Hay colas para hacer cualquier cosa y la ciudad permanece dormida a pesar del ruido. Apenas si puedo apreciar nada, parece que llueve y no me he puestos las gafas, los edificios se alzan borrosos ante mis ojos miopes, puede que sea una ciudad hermosa, y en sus calles hay tanta gente deseando hacer algo…Decidimos sumergirnos con ellos, buscamos algún lugar, pero sólo conseguimos perdernos, perdidos. Llueve y los mapas nunca son suficientes… lo observo sonriendo al verlo desesperado por conseguir encontrarse sin darse cuenta de que ya nos hemos encontrado, yo río, nos besamos, hemos venido hasta aquí para esto, para no ser nadie, para no hacer nada, hemos venido a un reencuentro en un lugar sin nombre a espaldas de todos, no estamos perdidos, estamos juntos. Y juntos seguimos caminando sin rumbo fijo, tratando de mezclarnos con la muchedumbre, a pesar de saber que ésta, nunca llegará a aceptarnos, aquí ya no queda sitio para nadie…

Y cuando creemos que ya no queda más noche, que no hay márgenes a los que huir y los besos que hemos dado no bastan para saciarnos; decidimos que ya es hora de volver a ese lugar de confesiones y risas, de silencios y mentiras, ya es hora de regresar a casa, a oscuras y en silencio nos espera el hostal. Abrimos la puerta y recorremos el pasillo hasta que ya no queda más camino por andar, allí al final, nuestra puerta. Las camas nos esperan, ansiosas por saber qué es lo que va a pasar yo ya sé desde hace tiempo lo que va a ocurrir. Allí en mi cama, espero a que salga para contárselo, sale del baño, aún vestido, parece ser que no utiliza pijama y me mira con sus ojos tristes, ahora desamparados que me ruegan que lo siga hasta su cama… es duro mantener la mirada ante unos ojos que hablan, que cuentan tantas cosas, algunas de ellas inventadas, es duro y difícil dejar de mirarlos. Sonríe, sonrío… Dulces sueños pues

 

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