La despedida fue como cualquier otra.
Como cualquier despedida de dos amantes que temen no volver a encontrarse. Ella lloraba, lloraba sin gestos, no hay gestos cuando las lágrimas brotan directamente de algún sentimiento, tampoco había ruido, cuando el amor es silencioso el llanto se derrama en silencio. Había llorado demasiado, pero eso no hacía más fácil dejar de hacerlo, ese nudo en la garganta y un dolor tan intenso que la desgarraba por dentro, ese miedo frío y vació, a decir adiós. Él también lloraba, quizá sólo por verla llorar, quizá no se daba cuenta de hasta que punto ella era capaz de amarle.
La despedida duró demasiado, como todo lo que duele, había visto la luz y ahora temía quedarse ciega de nuevo, por fin había conocido el amor y este podía acabar en aquel aeropuerto… Miró su rostro, recordó cuanto lo había mirado, acariciado, para aprendérselo de memoria con todos los sentidos, para poder recorrerlo con las manos cuando el estuviera tan lejos como el olvido; volvió a mirar esos ojos, pequeños, ojos que cuentan todo lo que han visto, aquella nariz y esa boca que tanto había besado, sabiendo que cada beso era un pequeño tesoro que tendría que guardar y defender de los fantasmas de la memoria que lo empañan todo de niebla y confunden los recuerdos. Volvió a acariciar su cara, su mandíbula y ese hoyuelo, jamás había querido tanto a nadie y ahora se quedaba sola, sabiendo que podía amar, pero que para eso lo necesitaba a él. Se quedó allí, mientras ella se alejaba pensando que aquel frío que le corría por las venas no se iría jamás, quedándose siempre con ella, el frío de la soledad y la ausencia, el frío del recuerdo del ser amado.
En otro aeropuerto, mientras ella volaba rumbo a la soledad, se producía un reencuentro, totalmente diferente. Reencuentro de prisas y besos, rencuentro de miradas, rencuentro con miedo.
Uno frente al otro, por fin. Todo había sido demasiado angustioso, y ahora, simplemente, eran una pareja, pareja que iba cogida de la mano, sin miedo, pareja que sabía que no tendría por qué volver a doler el amor, pareja de amantes que se reencuentran tras perderse en un mar de dudas.
Llegó cansado, con su maleta y sus bolsos, su pelo tan negro y una sonrisa en los labios, llegó y se alojó en su memoria, lugar de donde jamás saldría, se enroscó en su axila como un gatito y allí ronroneando junto a sus caderas decidió quedarse. Quedarse, oscura palabra, con forma de cambios, donde importa más el calor de su cuerpo que el frío de lo desconocido. Quedarse, decidió quedarse para siempre y “siempre” venía con forma de billete de vuelta. “Siempre” tenía fecha y hora, “siempre” sería una despedida… La besó, la besó con besos cargados de pasado, la besó con el recuerdo de algo que fue bello y promete ser mejor, la besó y se dejó besar y el miedo se disipó, ella ya no era un pajarillo asustado, ahora era una mujer que volvía a ver, frente a ella, a aquella persona a la que tanto quería. Y con un beso sellaron un pacto, un pacto de pasión, pacto de amor.
