Archivar paraNoviembre, 2007

Mayo

Prometió esperar y se quedó esperando.

Él volvió a su sitio, con los ojos llenos de historias nuevas que contar y ese brillo en la mirada de las personas que creen estar enamoradas. Ella se quedó, contando horas y lágrimas, su mirada, simplemente se apagó, sus ojos de animal carnívoro fueron domesticados por la incertidumbre y el dolor del amor. Ella simplemente esperó, esperó sin esperar una vuelta, sólo esperar, a que todo fuera lo suficientemente absurdo para seguir esperando, no por un objetivo, sino por costumbre…

Él olvidó que ella esperaba, olvidó el amor, pues el único requisito de amar es el olvido. Olvidó que tenía de especial y recordó que no era nada Él simplemente olvidó, como siempre había olvidado. Convirtiendo su amor en un rito de palabras y gestos sin sentido, siguió amando en la repetición de frases, en el eco de sentimientos de personas ajenas, siguió amando como aman los que han dejado de amar.

Nunca más volvieron pues ninguno pensó en la vuelta, ella sólo esperaba y él olvidó volver.

yo sigo

Te sigo amando, como en Madrid, como en aquellas desaforadas noches de amor, risas, juegos y altos techos, te sigo amando como te amé hace 7 años, te sigo amando como te amaré el próximo año… nada ha cambiado, cuando te veo sé que mi lugar está a tu lado… Te sigo llorando, como en aquel metro, rumbo a una despedida, como aquella noche en el asiento trasero de mi coche…

Te espero siempre mi amor… eres mio, no puede ser de otra manera… sé que un día volverás…

Dos parejas “El viaje”

La despedida fue como cualquier otra.

Como cualquier despedida de dos amantes que temen no volver a encontrarse. Ella lloraba, lloraba sin gestos, no hay gestos cuando las lágrimas brotan directamente de algún sentimiento, tampoco había ruido, cuando el amor es silencioso el llanto se derrama en silencio. Había llorado demasiado, pero eso no hacía más fácil dejar de hacerlo, ese nudo en la garganta y un dolor tan intenso que la desgarraba por dentro, ese miedo frío y vació, a decir adiós. Él también lloraba, quizá sólo por verla llorar, quizá no se daba cuenta de hasta que punto ella era capaz de amarle.

La despedida duró demasiado, como todo lo que duele, había visto la luz y ahora temía quedarse ciega de nuevo, por fin había conocido el amor y este podía acabar en aquel aeropuerto… Miró su rostro, recordó cuanto lo había mirado, acariciado, para aprendérselo de memoria con todos los sentidos, para poder recorrerlo con las manos cuando el estuviera tan lejos como el olvido; volvió a mirar esos ojos, pequeños, ojos que cuentan todo lo que han visto, aquella nariz y esa boca que tanto había besado, sabiendo que cada beso era un pequeño tesoro que tendría que guardar y defender de los fantasmas de la memoria que lo empañan todo de niebla y confunden los recuerdos. Volvió a acariciar su cara, su mandíbula y ese hoyuelo, jamás había querido tanto a nadie y ahora se quedaba sola, sabiendo que podía amar, pero que para eso lo necesitaba a él. Se quedó allí, mientras ella se alejaba pensando que aquel frío que le corría por las venas no se iría jamás, quedándose siempre con ella, el frío de la soledad y la ausencia, el frío del recuerdo del ser amado.

En otro aeropuerto, mientras ella volaba rumbo a la soledad, se producía un reencuentro, totalmente diferente. Reencuentro de prisas y besos, rencuentro de miradas, rencuentro con miedo.

Uno frente al otro, por fin. Todo había sido demasiado angustioso, y ahora, simplemente, eran una pareja, pareja que iba cogida de la mano, sin miedo, pareja que sabía que no tendría por qué volver a doler el amor, pareja de amantes que se reencuentran tras perderse en un mar de dudas.

Llegó cansado, con su maleta y sus bolsos, su pelo tan negro y una sonrisa en los labios, llegó y se alojó en su memoria, lugar de donde jamás saldría, se enroscó en su axila como un gatito y allí ronroneando junto a sus caderas decidió quedarse. Quedarse, oscura palabra, con forma de cambios, donde importa más el calor de su cuerpo que el frío de lo desconocido. Quedarse, decidió quedarse para siempre y “siempre” venía con forma de billete de vuelta. “Siempre” tenía fecha y hora, “siempre” sería una despedida… La besó, la besó con besos cargados de pasado, la besó con el recuerdo de algo que fue bello y promete ser mejor, la besó y se dejó besar y el miedo se disipó, ella ya no era un pajarillo asustado, ahora era una mujer que volvía a ver, frente a ella, a aquella persona a la que tanto quería. Y con un beso sellaron un pacto, un pacto de pasión, pacto de amor.

 

La Novaliente

Hay una parte de tu vida que tengo censurada.

Hay una parte de tu historia que me duele de una manera terrible. Es esa parte donde las dudas se vuelven demasiadas y resultan tangibles. Hay una parte de llantos y ausencias de distancias y sueños donde me veo reflejada y pienso que quizá algún día tu ausencia será algo más que la falta de ti, que será frío y vacío, que será certeza de que jamás volveré a verte, que me hace pensar que algún día, ya cansado, cerrarás la puerta y no podré retenerte porque ya no tendré nada que ofrecerte sino unos ojos empañados en lágrimas y este dolor.

Hay una parte de ti que me duele imaginar, esa parte donde me siento tan frágil, tan dependiente, esperando que algún día todo sea demasiado difícil y aquello que escribimos quede abandonado al tiempo y la distancia, olvidado por ambos, que carezca de significado. Ese lugar donde tú ya no me escribes y yo no merezco un relato.

Te has ido, yo me he quedado, aún estoy demasiado triste, tú sin embargo ya estás acostumbrado. Creo que ya no hay más que escribirte… creo que he escrito demasiado.

El Caballo Perdedor

Es extraño tenerte aquí, todo es tan extraño… acabo de dejarte en la cama, después del beso de rigor y el “que tengas un buen día” .La gente parece no darse cuenta de que tengo el más hermoso de los secretos escondido a escasos metros de mi, parece que todo a cambiado, pero sólo yo me he dado cuenta. Lo de ahora, esta oficina, este callejón, este mundo gris, no es real, cuando salga la realidad me estará esperando con una sonrisa en la cara y los brazos extendidos.

Alguien montó el escenario a base de trabajo y rutina y todo me resulta como una gran obra de teatro. Un teatro lleno de espectadores que apenas saben que sólo estoy actuando, esperando que llegue el momento de bajar y volver a tu lado, esperando a que la función termine y pueda tener una vida sin atrezos. Me gusta esa vida, una vida sencilla, seguramente como la que tengo, pero junto a ti, junto a la persona por la que he apostado todo a sabiendas de que apostaba al caballo perdedor. Pero parece ser que no todo está perdido y la carrera sigue adelante, con tus ojos en los míos, empeñados en no perder, empeñados en seguir juntos. Aunque sepamos, que, ciertamente, los obstáculos a saltar son demasiados, que estamos cansados y nunca fuimos demasiado resistentes, que caeremos, que quizá nos levantemos… Seguimos en ello, poco a poco, con grandes esfuerzos y yo sin poder dejar de mirar ese rostro de fuertes mandíbulas y ojos tristes que tanto amo.