Archivar paraPensando

Y al final…

… te ataré con todas mis fuerzas.

Me gusta recorrer tu piel. Me gusta pasar mis dedos, tímidos como mariposas, por tu cuerpo. Posarlos un momento y disfrutar del tacto cálido, suave que me ofrece. Me gusta ser parte del juego en el que te acaricio, sin que casi te des cuenta, y cierro los ojos y disfruto al tenerte tan cerca. Adoro el tacto de tu piel.

Me gusta el calor de tus labios, siempre dispuestos a un beso o una sonrisa. Me gusta tu boca que se dispara en una avalancha de palabras o se cierra fuertemente concentrada. Me gusta cuando se ríe, cuando se enoja o dibuja una “O” de sorpresa. A veces me gusta, simplemente, cuando está quieta… tan silenciosa, guardiana de todo lo bueno que puede llegar a ofrecerme.

Me gusta despertar a tu lado y esperar tranquila a que despiertes para comenzar un nuevo día sólo si es a tu lado… Me gusta, me gusta tu pelo, tus ojos, tu cuerpo, tus manos… me gustas.

Volemos

¿Por qué en los aviones siempre hace frío?

Se han empeñado en que todo el equipaje de mano ha de ir en los compartimentos superiores, últimamente siempre es así, ya no me dejan meterlos bajo el asiento delantero como antes. Miro por la ventana y pienso en mi libro, en mi libro y en el MP4 que se quedaron dentro del bolso en el compartimento. Me tapo un poco con la manta y me acurruco como puedo. Cuando se viaja sola la ventanilla no siempre es la mejor opción… ahora para salir al pasillo tengo que pedir permiso. Acomodo un poco la cabeza y cierro los ojos.

Recuerdo la primera vez que un avión me separó de ti. ¿Fue la primera vez? en realidad fue la segunda, pero la primera apenas si sabía lo que estaba dejando atrás… Sonrío un poco tratando de imaginarme llorando durante todo el vuelo, recuerdo la cara de compasión de la señora que se sentaba a mi lado cuando le pedí que me permitiera salir al baño.

Miro otro poco por la ventana, aún no se ve tierra.

Me miro disimuladamente, miro mi vestidito, toda una tradición, no puede faltar un vestidito. Pienso si será la vestimenta más adecuada, quizá haga frío. Aún es junio, quizá no lleve la ropa apropiada. Desde aquí arriba es difícil saber que tiempo hace en tierra, parece que abajo no hay problemas, el sol luce y las nubes no lo ocultan, desde aquí arriba es imposible pensar que allá abajo alguien pueda no ser feliz.

Al fin se empieza a ver algo de tierra…

Me esperas al otro lado de las puertas, llego agotada, cargada de maletas y no hace tanto calor como esperaba. Me abrazas, fuerte, fuerte… sé que quieres besarme, pero ahora yo sólo quiero abrazarte, sentirte… habrá tiempo para los besos. Abrazarte y comprobar que ya estoy en casa, que ya he llegado, que todo va bien.

Miras mis zapatitos planos:

-¿Y esos zapatos? ¿hoy no llevas tacones?

-No, tengo que estar cómoda… vengo para quedarme.

Morir de esperar

Ya no hay canciones tristes, sólo canciones de amor…

Te espero, te espero con mis medias y mis taconcitos, con mi dulce acento, con mi trite voz. Te espero en silencio y a voz de grito, te espero…

Despertar con dolor cabeza, dormirme con los ojos ardiendo, empapar la almohada, recorrerte en sueños, sonreir a las nubes, enfadarme por nada. Te espero…

No hay relato alegre que contar basado en el futuro. No hay cuentos que inventar cuando se vive en uno. Este es mi relato alegre, no hay nada mejor que tenerte… no seré feliz en un futuro, lo soy desde que te tengo. Por eso no pude escribir mi cuento, me equivoqué al empezar, me equivoqué en el tiempo.Cada mañana te dedico una sonrisa, cada noche un pensamiento, un pensamiento y mil caricias. Pronto te dedicaré mis besos…entonces, como ahora, será una hermosa historia.

Y morir durante la espera traerá un final feliz:

“no está muerta, sólo duerme…” “duerme y sueña, no la despiertes”

Mayo

Prometió esperar y se quedó esperando.

Él volvió a su sitio, con los ojos llenos de historias nuevas que contar y ese brillo en la mirada de las personas que creen estar enamoradas. Ella se quedó, contando horas y lágrimas, su mirada, simplemente se apagó, sus ojos de animal carnívoro fueron domesticados por la incertidumbre y el dolor del amor. Ella simplemente esperó, esperó sin esperar una vuelta, sólo esperar, a que todo fuera lo suficientemente absurdo para seguir esperando, no por un objetivo, sino por costumbre…

Él olvidó que ella esperaba, olvidó el amor, pues el único requisito de amar es el olvido. Olvidó que tenía de especial y recordó que no era nada Él simplemente olvidó, como siempre había olvidado. Convirtiendo su amor en un rito de palabras y gestos sin sentido, siguió amando en la repetición de frases, en el eco de sentimientos de personas ajenas, siguió amando como aman los que han dejado de amar.

Nunca más volvieron pues ninguno pensó en la vuelta, ella sólo esperaba y él olvidó volver.

Dos parejas “El viaje”

La despedida fue como cualquier otra.

Como cualquier despedida de dos amantes que temen no volver a encontrarse. Ella lloraba, lloraba sin gestos, no hay gestos cuando las lágrimas brotan directamente de algún sentimiento, tampoco había ruido, cuando el amor es silencioso el llanto se derrama en silencio. Había llorado demasiado, pero eso no hacía más fácil dejar de hacerlo, ese nudo en la garganta y un dolor tan intenso que la desgarraba por dentro, ese miedo frío y vació, a decir adiós. Él también lloraba, quizá sólo por verla llorar, quizá no se daba cuenta de hasta que punto ella era capaz de amarle.

La despedida duró demasiado, como todo lo que duele, había visto la luz y ahora temía quedarse ciega de nuevo, por fin había conocido el amor y este podía acabar en aquel aeropuerto… Miró su rostro, recordó cuanto lo había mirado, acariciado, para aprendérselo de memoria con todos los sentidos, para poder recorrerlo con las manos cuando el estuviera tan lejos como el olvido; volvió a mirar esos ojos, pequeños, ojos que cuentan todo lo que han visto, aquella nariz y esa boca que tanto había besado, sabiendo que cada beso era un pequeño tesoro que tendría que guardar y defender de los fantasmas de la memoria que lo empañan todo de niebla y confunden los recuerdos. Volvió a acariciar su cara, su mandíbula y ese hoyuelo, jamás había querido tanto a nadie y ahora se quedaba sola, sabiendo que podía amar, pero que para eso lo necesitaba a él. Se quedó allí, mientras ella se alejaba pensando que aquel frío que le corría por las venas no se iría jamás, quedándose siempre con ella, el frío de la soledad y la ausencia, el frío del recuerdo del ser amado.

En otro aeropuerto, mientras ella volaba rumbo a la soledad, se producía un reencuentro, totalmente diferente. Reencuentro de prisas y besos, rencuentro de miradas, rencuentro con miedo.

Uno frente al otro, por fin. Todo había sido demasiado angustioso, y ahora, simplemente, eran una pareja, pareja que iba cogida de la mano, sin miedo, pareja que sabía que no tendría por qué volver a doler el amor, pareja de amantes que se reencuentran tras perderse en un mar de dudas.

Llegó cansado, con su maleta y sus bolsos, su pelo tan negro y una sonrisa en los labios, llegó y se alojó en su memoria, lugar de donde jamás saldría, se enroscó en su axila como un gatito y allí ronroneando junto a sus caderas decidió quedarse. Quedarse, oscura palabra, con forma de cambios, donde importa más el calor de su cuerpo que el frío de lo desconocido. Quedarse, decidió quedarse para siempre y “siempre” venía con forma de billete de vuelta. “Siempre” tenía fecha y hora, “siempre” sería una despedida… La besó, la besó con besos cargados de pasado, la besó con el recuerdo de algo que fue bello y promete ser mejor, la besó y se dejó besar y el miedo se disipó, ella ya no era un pajarillo asustado, ahora era una mujer que volvía a ver, frente a ella, a aquella persona a la que tanto quería. Y con un beso sellaron un pacto, un pacto de pasión, pacto de amor.

 

« Artículos anteriores